Historias mínimas de la calle

Estaba allí, poniéndose el pequeño casco, junto a su bicicleta amarrada con un candado en la entrada de la municipalidad de Avellaneda. De pronto se tapa la cara con las dos manos y comienza a llorar desconsoladamente.
Imposible no preguntarle si sentía bien, si necesitaba algo, qué le pasaba… –Nada, dijo secando torpemente su cara mojada con sus manos.

Su figura pequeña y demasiado delgada para su edad -tendría 24 o 25 años- mostraba cansancio y angustia. Al fin se sinceró: – Es que estoy enferma y vine por un certificado de reconocimiento médico pero como había una rayita de más junto a una firma, no me lo quisieron dar. Ahora tengo que volver para que me hagan este papel de nuevo, me queda lejos y estoy enferma, no puedo más…

Liberó su enclenque bicicleta y se alejó pedaleando como si en ella transportara, cuesta arriba, todo el edificio municipal, con empleados, jefes, directores, secretarios, subsecretarios… ¡Pesaban tanto!

¿Se podría haber solucionado de otra manera? Puede ser que si. Sólo hacía falta un poco de solidaridad, de ganas de allanar los problemas de la gente, tal vez levantando un teléfono, tal vez haciendo pasar “la rayita” provisoriamente hasta que, una vez repuesta de su enfermedad, traiga el papel correcto, tal vez, tal vez… siempre tiene que haber un “tal vez”, o un poco de piedad, generosidad y humanismo.
Y eso todos los seres humanos lo tenemos, incluidos los empleados municipales.
Sólo hace falta ejercerlo.

marta Portilla/diario La Calle