Animales muertos como arte

Afirman que en sus obras hubo restos de casi un millón, si se cuentan insectos que se exhibieron vivos.

Para el artista británico Damien Hirst -uno de los más cotizados del arte contemporáneo-, la polémica es inevitable. El uso de cadáveres de animales en sus obras, incluso de algunos insectos destinados a nacer y extinguirse durante las exhibiciones, genera críticas entre los proteccionistas desde hace años. Ahora, una página web estadounidense especializada en arte vuelve a esa polémica. Según artnet.com, a lo largo de su carrera usó un millón de seres vivos en sus trabajos. ¿Sadismo? ¿O una forma válida de analizar el conflicto entre la vida y la muerte?

El ingreso de Hirst a la fama y a la polémica fue en 1990, con Mil años. En una vitrina sellada se veía un cráneo de vaca podrido engendrando gusanos y moscas.

Su particular manera de confrontar al espectador con la transformación de la vida y su final lo llevó a recaudar casi 200 millones de euros en una subasta de la casa londinense Sotheby’s, en 2008. En esa ocasión, coleccionistas y museos se desesperaron por comprar cuadros fabricados con alas de mariposas, corazones de toro embalsamados, tiburones inmortalizados en formol y un ternero con cuernos y pezuñas de oro en una urna de cristal.

En 2013, en el Tate Modern de Londres, presentó unas 9.000 mariposas -en total, sumando las 23 semanas de la muestra- encerradas en dos espacios sin ventilación, que se alimentaban de frutas y acortaron su ciclo de vida por la exposición.

El relevamiento de artnet.com se basó en las obras y exposiciones publicadas en la página web del artista. Hirst obtuvo sus “materias primas” de diferentes proveedores, incluyendo al cazador de tiburones australiano Vic Hislop, la taxidermista de Londres Emily Mayer y el mercado de pescado Billingsgate de Londres.