Ricardo Forster: “La pandemia plantea un enorme cuestionamiento al capitalismo”

El filósofo y asesor del presidente Alberto Fernández dialogó con La Calle. A punto de cumplirse cuatro meses de gobierno y en medio de la pandemia global del Coronavirus, analiza el escenario político, los objetivos del Estado nacional y los desafíos que plantea la crisis mundial.

Por
Juan Cruz Medina

@JuanCruzMedina6

El 10 de diciembre de 2019, en su discurso inaugural en la Cámara de Diputados, el flamante Presidente Alberto Fernández sintetizaba en una frase su programa de gobierno: “Es tiempo de empezar por los últimos para después llegar a todos. Ese es el espíritu del tiempo que inauguramos”.
En el plano filosófico, se trataba de un cambio radical de paradigma, en comparación con la etapa anterior, encabezada por Mauricio Macri, en la que el índice de pobreza alcanzó niveles históricos, y el valor central fue el mérito individual.
Pasaron casi cuatro meses de aquél día. El contexto mundial cambió drásticamente por la pandemia del COVID-19. A los problemas heredados por el gobierno se le suman las consecuencias de la cuarentena total, aún incalculables.

En este contexto, el filósofo Ricardo Forster, asesor personal de Alberto Fernández, dialogó con La Calle. Para el intelectual “nacional y popular”, las consecuencias de la pandemia exponen “un enorme cuestionamiento al capitalismo, sobre todo al capitalismo en su fase neoliberal, que ha vaciado y desguazado los estados”.

“Eso nos lleva a replantear, precisamente, la función del Estado y la idea de un Estado social, y poner en cuestión lo que ha significado la financiarización brutal de todas las esferas de la vida y esencialmente el triunfo de un capitalismo especulativo como negador, precisamente, de sociedades más justas y más igualitarias”, disparó.

La Calle: Si se analizan los discursos del Presidente, aparece como valor central y guía de todas las acciones la solidaridad. ¿Cómo se traduce y se materializa ese concepto en políticas públicas? 

Forster: Ya en el discurso inaugural de Alberto, y después cuando inauguró las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, él repitió una frase para entender su gobierno y la idea de solidaridad: primero los últimos. Eso significa que primero había que atender a los más necesitados, a los más golpeados, a los excluidos, los que más habían sufrido las políticas neoliberales.
Y la solidaridad estuvo vinculada directamente con esa premisa. Su gobierno tenía que movilizarse en relación a cuidar, proteger, a aquellos que más habían sido lastimados. Entonces, si pensamos que el neoliberalismo fragmenta las relaciones entre las personas, produce una creciente desigualdad, multiplica la pobreza, la palabra solidaridad es una palabra ajena al neoliberalismo. Por lo tanto, retomarla, reconstruirla, darle nuevo sentido implica, obviamente, gobernar en función de otro país y de sociedad.
Por eso, la palabra solidaridad se materializa y se traduce en políticas públicas muy concretas: antes de esta pandemia eso tenía que ver con la recuperación de los que cobran la mínima del sistema jubilatorio, la AUH, con políticas para aliviar el pago asfixiante de las tarifas, la recuperación del crédito para las Pymes, y un proyecto de nación que implicaba negociar la deuda desde una perspectiva soberana y no aceptar como plan ningún tipo de política de ajuste.
Cuando estalló la pandemia y el gobierno tomó decisiones fundamentales, la más importante es la cuarentena total, eso vino junto con unas políticas públicas directas y vinculadas al cuidado de los más débiles, de los que más sufren, cuidado en un sentido amplio: poner todos los recursos del Estado para garantizar un acceso más igualitario a la salud, para atender las necesidades de los que están más afuera del sistema. Y eso se ha traducido en políticas muy claras y concretas: el dinero que se dio a los jubilados, a los que reciben la AUH, la decisión ahora de salir al rescate de trabajadores informales, cuentapropistas de categorías más bajas, porque son sectores muy golpeados por la cuarentena. Ahí ya tenemos claramente la relación entre un principio de solidaridad y políticas públicas.

LC: ¿De qué forma un gobierno popular crea consenso social sobre sus políticas, cuando varios sectores (algunos con poder) quedan en un segundo plano de prioridades? 

F.: Hoy estamos en una situación excepcional. El proyecto que se fue desplegando desde el 10 de diciembre tenía un determinado rumbo, donde la negociación de la deuda externa era un componente fundamental, y esa negociación se hacía, y se seguirá haciendo, bajo el principio de defender la soberanía del país, y también de defender a los sectores mayoritarios de la sociedad y rechazando cualquier tipo de proyecto de renegociación de la deuda que incluya planes de ajuste. Pero obviamente que estamos en un escenario totalmente distinto.
Las últimas semanas se ha ido acelerando completamente todo. Y todas las decisiones, todo el gobierno está enfocado a lo que significa la pandemia: tratar de aplanar la curva de contagio, que sabemos que es imprescindible para garantizar que nuestro sistema de salud no colapse. Y entonces yo diría que hoy hay un gran consenso construido por el gobierno.
Me parece que la figura de Alberto Fernández ha crecido exponencialmente, que una parte muy mayoritaria de la sociedad tiene confianza en la autoridad, en el modo como el Presidente viene tomando las decisiones clave para enfrentar la pandemia, y creo que una situación excepcional ha generado respuestas excepcionales, y ha planteado una nueva construcción de consenso social.
Yo te diría que quedaron en un segundo plano otras disputas que estaban allí. Vimos que justo cuando la pandemia se convertía en una realidad para los argentinos, la Mesa de Enlace tomó la decisión de ir a un paro lock out de cuatro  días a contramano absolutamente de no sólo lo que estaba por suceder, sino de lo que significa un país devastado durante cuatro años por políticas neoliberales, y por la llegada de un gobierno que venía justamente a refundar y reconstruir un país desfondado por esas políticas.
Eso también creo que quedó en el olvido más absoluto.

LC: Hoy hay en el país dos fuerzas mayoritarias que concentran un núcleo duro de alrededor de un 30% de votos cada uno. Y otro 30% que se mueve según cada elección. ¿Se puede pensar en un proyecto nacional y popular a largo plazo con ese tablero político? 

F.: Todo proyecto popular, democrático, igualitarista y de raíz nacional necesita construir mayorías. Pero las mayorías no son absolutas de 60 o 70 % de la sociedad. Eso ya no existe más. Hay que aspirar a construir mayorías como la que nos permitió el triunfo de octubre y después llegar  a la presidencia a partir del 10 de diciembre. Es la decisión histórica de Cristina de definir la fórmula presidencial con Alberto a la cabeza que permitió la construcción de una mayoría a la que hay que ir consolidando. Obviamente que uno era el camino antes de la pandemia, y otra será la realidad y el país que nos encontremos si salimos más o menos enteros de esta pandemia.
Yo creo que el modo como está actuando el gobierno nacional, la manera como Alberto ha crecido, sin ninguna duda, en el aprecio de la sociedad, el rol del Estado que hoy queda más claro que nunca y lo que significa haber debilitado sus estructuras fundamentales para proteger a la mayoría de los ciudadanos, hace posible que una vez que salgamos de esta situación tan difícil podamos todavía avanzar mucho más y conquistar mayorías más fuertes.
Es un escenario siempre de desafío. Tendrá que ver con políticas distributivas, tendrá que ver con la reconstrucción del aparato productivo y una economía que saldrá muy lastimada, que ya estaba muy lastimada.
Pero saldrá muy lastimada, seguramente, de estas semanas de cuarentena. Pero también  se están tomando decisiones económico sociales que son muy claras respecto a un rumbo, a quién hay cuidar, de qué modo hay que revitalizar la economía, qué es lo que hay que priorizar.
En fin, son todas cuestiones clave que apuntan también a la construcción de consensos mayoritarios. Seguramente en la Argentina seguirá habiendo un tercio de la sociedad inclinada claramente a la derecha, ideologizada desde una perspectiva de derecha, y después habrá un sector significativo en disputa, persistentemente en disputa. No hay ninguna garantía de gobernar eternamente una sociedad. Eso es bueno, porque eso impide que las derechas gobiernen eternamente, y también nos pone en entredicho la imaginación un poco alocada de que nosotros podamos también construir un gobierno para siempre. No existen gobiernos para siempre. Las sociedades son incompletas, contradictorias. Y lo que sí es posible es construir gobiernos que representen mayorías, que actúen en función de esas mayorías, pero sabiendo que la lucha por sostener esas hegemonías es continua y persistente.

LC:  El escenario mundial va a cambiar con las consecuencias del Coronavirus. ¿Cómo cree que eso impactará a la Argentina y al mundo?

F.: Nadie tiene la bola de cristal, pero queda claro que estamos frente a un parteaguas. Seguramente las consecuencias de la pandemia ya son globales, consecuencias en lo económico, en lo social, pero también en las subjetividades propias de este tiempo histórico.
Me parece que nada va a volver ha ser del mismo modo, ni la hegemonía estadounidense y seguramente seremos testigos de un aumento exponencial del papel de china. Pero también esto implica que seamos capaces de revisar muchas cosas que están detrás de este síntoma que es el virus. Revisar nuestras formas productivas, nuestra economía, nuestros modos de vivir, las ciudades gigantescas, muchas de ellas atravesadas por cinturones de pobreza, en fin…
Creo que a todos nos está tocando, conmoviendo y cuestionando en gran medida el impacto de esta pandemia.
Creo también que es un enorme cuestionamiento al capitalismo, sobre todo al capitalismo en su fase neoliberal, que ha vaciado y desguazado los estados, que transformó todo en un negocio, que economizó todas las esferas de la vida, y descubrimos que la salud no puede ser una mercancía, que el derecho a la vida digna tampoco puede ser convertido en mercancía, que el agua debe ser protegida para todos. Que los estados tienen que ser garantes de una vida más digna para el conjunto de la sociedad.
Eso nos lleva a replantear, precisamente, la función del Estado y la idea de un Estado social, y poner en cuestión lo que ha significado la financiarización brutal de todas las esferas de la vida y esencialmente el triunfo de un capitalismo especulativo como negador, precisamente,  de sociedades más justas y más igualitarias.
Y también lo que le estamos haciendo a la naturaleza, la depredación, el uso abusivo de los recursos, bueno, en fin, creo que el mundo que estamos por entrar, una vez que salgamos de esta situación, ya será un mundo con nuevos desafíos.