Historias de mujeres

Vender en la playa y no morir en el intento

La arena arde, el sol atropella y el viento te pega pequeños minerales en la piel. Ellas caminan. Ellas empujan y arrastran. Ofrecen su mercancía a los gritos. Ellas venden en la playa.

Los últimos veranos han sido testigos de la afluencia de mujeres que trabajan en las playas vendiendo desde vestidos hasta helados, pasando por una interminable gama de artículos playeros: panchos, licuados, vinchas, ojotas, empanadas, sándwiches, sombrillas, saca-arena, gaseosas, parlantes bluetooth, trenzas cocidas, mallas, collares y pulseras. Pero no es fácil.

Porque aunque el mar, el sol y el aire impregnen de romanticismo la escena, es ardua la tarea y encierra historias de vida con espacios cargados de dolor. Muy pocas son dueñas de su negocio, casi todas lo hacen en una relación precarizada de dependencia -por supuesto en negro- y con un escaso margen de ganancia o comisión.
La arena pesa y el calor agobia. El carro pesa más del doble de su propio peso. Sin embargo esperan todos los días a que salga el sol y la playa se llene de gente.

“Soy Betty Boop, hace muchos años que vengo a Santa Teresita a `hacer la temporada`. Antes tenía mi propio carro para vender licuados, pero me separé y mi ex se quedó con el negocio, pero ya lo voy a volver a tener”, sonríe esperanzada. Foto diario La Calle

Joven y hermosa Micaela le pone toda la garra, no sólo para empujar el pesado carro, sino para “hacer un peso más”. “Me dan el 15% por cada vestido que vendo, pero tengo que pagarle 100 pesos la hora a la niñera de mi hija, así que imagináte cuánto tengo que vender para que me alcance…”. Foto diario La Calle

Alegre y entusiasta ella se define como cuentapropista. “Con mi hermana y mi cuñado fabricamos sopa paraguaya, panes rellenos y salimos a vender, estoy contenta aunque cuesta mucho”. Foto diario La Calle

Jessica vende licuados y no puede pagar niñera para sus hijos. Por eso camina todo el día por la playa con sus dos hijos de 6 y 8 años. “Es la única manera que tengo de trabajar, así puedo vigilarlos, ellos ya están acostumbrados”. Le pagan 35 pesos si vende un licuado grande ($200) y 25 por uno chico.Foto diario La Calle

Ella es ucraniana. Hace más de 20 años que está en el país y tres en Santa Teresita. “Acá tengo parientes que me ayudan, porque no tengo pensión ni jubilación. En invierno voy a los comedores o merenderos, con esto gano muy poco, pero me ayuda”. Tal vez tenga más de 70 años y se nota el esfuerzo de bajar a una arena espesa y caliente. Foto diario La Calle

Alejandra es pura simpatía y ofrece empanadas fritas riquísimas y muy baratas. “Las hace una amiga y yo se las vendo a la mañana en la playa mientras ella cuida a mi nena porque no puedo pagar niñera. A la tarde vengo a vender budines y pastafrola que hago yo y dejo la nena con mi amiga”, dice sin perder la sonrisa mientras repasa su vida de madre soltera. Foto diario La Calle

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero allí están. Son cada vez más las mujeres que se animan a pisar la arena caliente y enfrentar el murmullo de una playa repleta de turistas desafiando con sus gritos al mismísimo estruendo del mar, porque un nudo en la garganta no se suelta si se aguanta.

Marta Portilla/diario La Calle